EL TALANTE CRISTIANO Y LOS DERECHOS HUMANOS

Publicado originalmente en Revista EMPRESA, nº 204, diciembre 2011. Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE).

Para quien no es abogado ni ha incursionado en el estudio de los derechos fundamentales, la problemática de los derechos humanos suele presentársele en los medios locales como un tema vinculado a los desaparecidos y al juicio y castigo a los militares responsables de la represión de los años setenta.

Sin embargo, la promoción y defensa de los llamados derechos humanos es una tarea que -si bien incluye el tratamiento y superación de esta dolorosa herida del pasado- reviste un alcance mayor y por tanto debería involucrar a los cristianos, en su quehacer cotidiano y desde el lugar de responsabilidad que ocupan, con todo aquello que favorezca de modo fundamental a la persona humana, facilite su paso por la tierra y en definitiva contribuya a su plena realización.

Por ello es válido preguntarse: ¿qué son los derechos humanos? ¿qué los fundamenta? ¿cuál debiera ser la actitud o el talante del cristiano en la lucha por su vigencia y promoción? Son preguntas que no debemos rehusar hacernos como laicos comprometidos.

No podemos limitarnos ingenuamente a la confección de un listado de derechos humanos, por lo demás ya existente en todas las convenciones internacionales surgidas después de la última guerra mundial del siglo pasado.

Es imperioso fundarlos como quien construye una casa y la apoya sobre sus fundaciones, sabiendo que su estabilidad depende en gran medida de la fortaleza de éstas.

Cuenta Jacques Maritain, convencional por Francia en oportunidad de sancionarse la Carta de las Naciones Unidas de 1948, que entre las delegaciones existía más o menos acuerdo acerca del enunciado o catálogo de los derechos humanos. Pero que este consenso desaparecía cuando se preguntaba sobre el porqué de los mismos.

Excede este espacio reducido una respuesta acabada a aquellos interrogantes. Señalamos sí, en forma sucinta y breve, la necesidad de su planteo y abordaje por todos los cristianos en el lugar que estén, especialmente por quienes tienen la responsabilidad de dirigir empresas y liderar organizaciones. Así también procuraremos delinear, con trazos gruesos, la actitud o talante a asumir en la tarea.

Ambas cuestiones –abordaje y actitud- nos parecen de impostergable tratamiento ante el gran desafío que se presenta en el mundo globalizado de hoy, en el cual han sucumbido las ideologías utópicas con sus certezas, predomina el pensamiento débil, la civilización de la red, la modernidad líquida y el mestizaje de civilizaciones y culturas.

Para el pensamiento políticamente correcto, predominante en los centros europeos y en las usinas del pensamiento occidental, los derechos se derivan del consenso, sea este expresado en reglas o principios. El sistema jurídico –se afirma después de Kelsen- no debe sustentarse en cuestiones prepolíticas (religiosas), las cuales son relegadas al ámbito de lo privado. Esta asepsia de fundamento en materia pública se presenta como un logro emancipador de la modernidad.

Sin embargo, después de Auschwitz e Hiroshima, el propio hombre moderno teme hoy el producido de sus manos. Ya nos lo decía Juan Pablo II en su primer encíclica (Redepmtor hominis nº 15) de 1979 y lo recordaba el Cardenal Ratzinger en su diálogo por demás crucial con el filósofo de la escuela de Frankfurt Jürgen Häbermas (Baviera, 2004), uno de los principales exponente del pensamiento ilustrado europeo. En efecto, la posibilidad de clonar vida, la manipulación genética, el descarte masivo de embriones humanos, el avance emancipado de las ciencias bajo el principio legitimador de que está permitido todo lo que se puede lograr científicamente, las matanzas étnicas, el consumismo desenfrenado, el marcado desequilibrio económico, el hambre, los atentados terroristas, en fin “los poderes anónimos del terror” como decía el entonces cardenal Ratzinger, tornan imperioso y necesario acudir a una instancia orientadora –donde fe y razón no se excluyan antes bien se conjuguen en positivo-que permita ordenar y a la vez fundar el orden normativo en pro de la persona humana.

Por eso el actual pontífice insistía en la necesidad de fundar los derechos humanos en una instancia superior al consenso. “El principio de la mayoría deja todavía abierta la cuestión acerca de los fundamentos éticos del derecho” nos dice Ratzinger en otro pasaje.

Los derechos humanos se nos presentan como aquellos medios o herramientas vitales que le son reconocidos al hombre por ser tal, por su dignidad como persona humana.

¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de la dignidad de la persona humana?

He aquí el punto de partida: para el cristiano no caben dudas de que su dignidad se funda en su condición de criatura, hecha a imagen y semejanza de su Creador, dotada de inteligencia y voluntad, por ende libre, convocada al mundo por amor gratuito, llamada por su propio nombre, redimida y reconciliada por el Verbo que se hizo carne, y que murió por cada uno de nosotros para nuestra salud aquí y para todos los tiempos.

El cristiano no persigue una ideología, no busca fundar un reino en la tierra, no lo anima una utopía terrestre. Ni siquiera lo mueve su celo personal. El cristiano vive del envío (misión) a sus hermanos, seres concretos de carne y hueso. No tiene en cuenta al hombre abstracto sino a seres concretos, su prójimo: familiar, vecino, empleado, socio, compatriotas, etc.

Qué enseñanzas extraemos de ésto para nuestro tema? ¿Cuál debiera ser nuestro talante en la misión de promover y defender los valores (bienes) que sustentan los derechos fundamentales de la persona humana?

Apuntamos algunas ideas.

1.- Estamos llamados a seguir a Cristo quien dio su vida por nosotros y llevar su mensaje liberador a nuestros hermanos. El cristiano vive su envío (misión) en el mundo que le toca vivir. Por eso es imperativo conocerlo en su condición actual. En este aspecto, parece más acorde a la realidad admitir que en nuestros días nuestro pueblo ha perdido el sentido mayoritario de una cultura católica como solía afirmarse décadas atrás. Los profundos cambios culturales provocados por la secularización de las costumbres y su propagación por los medios de comunicación deben ser tenidos en cuenta como un dato de la actualidad. No se trata de un juicio de valor. Basta con recabar cuántos hijos de matrimonios católicos se acercan a los sacramentos, fundan una familia contrayendo matrimonio religioso, sostienen y viven de las enseñanzas de la Iglesia en materia de moral pública y privada. Quizás sea un tiempo de mayor sinceramiento respecto de épocas anteriores. Ser cristianos exige hoy un mayor compromiso, un vivir la fe de un modo más radical, impregnando todas las opciones de nuestra vida.

2.- No nos parece válido el recurso a la nostalgia, como si hubiera existido un hipotético pasado más virtuoso. El siglo XX fue el siglo de los totalitarismos, con sus millones de muertes, genocidios, campos de concentración, atentados a la libertad. Siglo de declamaciones y declaraciones en materia de derechos humanos; siglo de atropellos y conculcamientos masivos de derechos humanos. Nuestro país tampoco estuvo ajeno a la violencia, al factualismo, a la excepción como norma, al enfrentamiento, a la división y al resentimiento. No es válido entonces el recurso a la nostalgia: fantasea sobre la realidad pasada y se evade de la misión en el presente. El cristiano vive de la fe y del envío: no lo anima su celo personal. Por eso no caben las palabras de desencanto, los rostros desanimados y los corazones amargados.

3.- Por el contrario, al cristiano lo anima y renueva la esperanza en un Cristo que asumió la condición humana, su dolor y vulnerabilidad, haciéndose en todo igual al hombre menos en el pecado. Que murió por todos sin exclusiones. Como dice el apóstol “todo coopera para el bien de los que aman a Dios” (Romanos, 8,28). Esa esperanza lo hará ver –aún donde no hay explícitamente una adhesión a la fe cristiana o una respuesta decidida a Dios- ansias de eternidad e infinitud en el hombre de hoy. Verdaderos dolores de parto de una civilización que se debate entre la finitud de la nada o la trascendencia del Otro, pero que se despabila de los sueños utópicos del siglo pasado. El cristiano sabe que no será posible una sociedad perfecta aquí en la tierra, pero en la búsqueda de aquello que favorezca a la persona humana y sus derechos podrá trabajar codo a codo con los que anhelan con sinceridad el bien, la verdad y la belleza. Sin importar su procedencia.

4.- Por eso lejos está del buen talante cristiano la condena, la acusación o la imposición. La tarea exigirá en gran medida encontrar el lenguaje adecuado a los nuevos tiempos. La vigencia de los derechos humanos implicará en muchos casos decisiones difíciles, en las que un valor deberá ser sacrificado en beneficio de otro. Allí habrá que mostrar qué antropología funda los derechos. Será necesario entonces confrontar y proponer con franqueza, buscando el mejor lenguaje y poniendo en evidencia lo que está en juego en cada caso. En su reciente discurso al Parlamento alemán, del día 22 de setiembre de 2011, Benedicto XVI nos habla de una ecología humana para sustentar los derechos de la vida. Parecería que las invocaciones al derecho natural, que antaño servían a la Iglesia en su diálogo con la sociedad secular ya no son de gran utilidad; han perdido “fiabilidad” para los oídos de la sociedad postmetafísica y el Cardenal Ratzinger constata que este instrumento se habría como “embotado” y habría perdido utilidad en este diálogo. En su intercambio académico con el hoy pontífice, Habermas hizo hincapié en el aprendizaje mutuo, en la necesidad de “traducir” el mensaje religioso, de modo de que lo relevante del mismo sea captado por la sociedad secular. Habría que atender a ello pero sin vaciar el contenido del mensaje. Proponer, inspirar, dialogar…

5.- El cristiano tiene que proponer estilos de la vida buena fundados en la vida de Cristo y en su mensaje del monte. Apostando al otro y a su libertad. Sin ingenuidad pero con respeto. Sabiendo que ante la pregunta por la Verdad, Cristo entregó su vida en la cruz y que no es menos el discípulo que su Maestro.

Saber en última instancia que todo compromiso nace de una unión profunda con Cristo a través de la comunión de los santos y la vida sacramental de la Iglesia. Que esta época se caracteriza por el desencanto de las utopías terrenas. Que frente a la desesperanza de muchos, en un tiempo en el que las palabras se han vuelto locas y la razón utópica ha perdido su rumbo y caído en hybris, el testimonio de una vida fundada en las enseñanzas de Jesús vale más que muchas palabras y conmueve más que muchos razonamientos. Para el cristiano el compromiso por el otro es un mandato en el que le va la vida. No es mayor el discípulo que su Maestro. Lo que nos define cristianos no es una doctrina, ni la pertenencia a una institución. Nuestra misión no consiste en tener razón o imponer el credo cristiano o el predominio de la Iglesia. Somos cristianos en el seguimiento a la Persona divina y humana de Cristo, que nos propuso vivir el programa vital de las bienaventuranzas y que pagó con la cruz el rechazo a su propuesta. El nos envió al mundo para anunciar el Evangelio, haciendo lo propio que El hizo por nosotros, invitando a vivir la bella aventura del Resucitado, proclamar que El murió en la cruz por nuestra salvación.

Y así trabajar con todo aquél que promueva al hombre y sus derechos, proponiendo –sin ingenuidad pero sin imponer- estilos de vida buena que permitan al hombre con su libertad dar el sí a Aquel que un día lo llamó de la insignificancia a la Vida, para que compartiéndola y entregándola dé a su vez Vida a los suyos.

En una audiencia concedida a la comunidad musulmana en Colonia, durante la Jornada mundial de la Juventud, el 20 de agosto de 2005, Benedicto XVI le decía: “La vida de cada ser humano es sagrada, tanto para los cristianos como para los musulmanes. Tenemos un gran campo de acción en el que hemos de sentirnos unidos al servicio de los valores morales fundamentales. La dignidad de la persona y la defensa de los derechos que de tal dignidad se derivan deben ser el objetivo de todo proyecto social y de todo esfuerzo por llevarlo a cabo. Este es un mensaje confirmado de manera inconfundible por la voz suave pero clara de la conciencia. Un mensaje que se ha de escuchar y hacer escuchar: si cesara su eco en los corazones, el mundo estaría expuesto a las tinieblas de una nueva barbarie. Sólo se puede encontrar una base de avenencia reconociendo la centralidad de la persona, superando eventuales contraposiciones culturales y neutralizando la fuerza destructora de la ideología”.

Nos parece oportuno entonces recordar en estas breves líneas desde dónde el cristiano promueve y actúa en defensa de los derechos humanos, en su actividad cotidiana, en el lugar que ocupa, en las decisiones que toma, en las posturas que adopta. No desde una ideología que sustenta su ideario en un hombre abstracto, que pretende imponer y absolutizar su visión, sino en el encuentro personal con el hombre concreto, mediado en Cristo.. “Es necesario ver en el prójimo la imagen de Dios, según la cual ha sido creado, y a Cristo Señor, a quien en realidad se ofrece lo que al necesitado se da…” (Concilio Vaticano II, decreto Apostolicam actuositatem, nº 8).

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